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martes, 3 de mayo de 2011

Tarde de abril. Noche de mayo

Tarde fresca de abril, de luz azul con gotas en el aire. Las calas se alzan con la arrogancia y la inocencia de la juventud, y, como adolescentes, intentan esconder, sin demasiado cuidado, el ponzoñoso amarillo entre sus puras, blancas envolturas. Copa de veneno carnal. Sin embargo, la tranquilidad es absoluta.
Intenta leer un libro mientras sus ojos se escapan de las páginas y se dirigen al jardín interior, visión más apropiada para esparcirse pensando en ... 
La suave llovizna golpea el tragaluz en una melodía monocorde a juego con el repiqueteo grave y sordo de las grandes hojas en los lebrillos a la intemperie.






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Aunque el aire es perfumado, impregnado de flores que despiertan al anochecer, y la brisa es fresca y, a veces, incluso, tibia, el corazón está apretado, cálido por la sangre que bombea acongojada por miedo a que le llegue el frío que teme y adivina.
El recuerdo del dolor ya no puede provocar más dolor que la primera vez, y, sin embargo, petrifica. Miedo a hacer un paso en falso.
Como una estatua quieta y callada espera que los acontecimientos desacrediten su intuición y, con un suspiro alegre, vea pasar por delante los peligros deshechos, como la ola brava que pierde su fuerza y muere en la arena de la playa.

jueves, 7 de enero de 2010

T'estime

Voy a contaros algo antes de que el recuerdo se enfríe :).
Estábamos en clase de inglés y hacía tanto frío que ni el profesor se ha quitado el abrigo en clase. Todos estábamos con los pies helados. De manera que cuando ha terminado la clase, lo que de verdad me apetecía era llegar a casa. Entonces he cogido el móvil y he hablado con Él y por tonto o tópico que pueda sonar, me he sentido en casa. Me embargaba, además de todo lo que siento por Él, esa sensación de calor hogareño, de paz, de tranquilidad. En ese momento, justo después de hablar, salía a la calle y he dejado de sentir el frío y la lluvia por unos instantes. Sólo con su voz tenía suficiente para volver, como cada día, a darme cuenta de que esto es lo que siempre he querido, que no puede haber nada más perfecto que este amor :)

jueves, 1 de octubre de 2009

Hace unos días, del papel al pc

El cielo estaba enfadado y ha descargado su rabia contra la tierra y los hombres que destruyen la Naturaleza.
El planeta ya no aguanta más agresiones y demuestra con sus truenos que es mucho más poderoso que los hombres, y que les puede matar.

Los rayos caían ágiles y letales y las nubes tronaban mientras las personas huían, corrían a refugiarse en sus casas.
La maravillosa Naturaleza, en su baño, dejaba limpio el aire y las calles. Tanto dolor y barbarie humanas se detienen unos segundos mientras la Naturaleza ruge y los hombres se esconden.
Hoy ella estaba enfadada y nos ha querido dar una lección que nunca aprendemos.

Como madre bondadosa que es, siempre termina sus regaños cuidando de los seres que tanto ama, regándolos y dándoles de beber. ¡Cuánta paciencia! ¡Quiero poder aprender de ella!

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Ya desde pequeña, cuando vivía en el pueblo, recuerdo que mi madre seguía un ritual sencillo y especial. Quizás las circunstancias la obligaban, pero su hermosa visión del mundo hacía que convirtiese en mágicos los momentos adversos.
Sencillamente se iba la "luz" cada vez que llovía en el pueblo. Entonces, como no podía ver mucho con la oscuridad de la tarde y sin luz eléctrica, tenía que dejar lo que estuviese haciendo para acudir donde estaba mi madre que, con su luz, me llamaba. Había encendido una vela. No una vela de muertos, ni una vela aromática, mucho menos decorativa, sino una vela. De aquellas que hacíamos con la cera roja de los quesitos.

Sentadas en torno a la mesa camilla nos acercábamos a la vela para mirar la llama. Mi madre decía un par de frases como "qué bello es el fuego" y "el fuego lo limpia todo", y ahí quedábamos en silencio durante una hora o unos minutos... eso sí, parados en el tiempo; admirando la cera que, líquida, colmaba la cumbre para abandonarla después precipitándose en una bajada sinuosa y tibia. Parecía morir la cera cuando, fría ya, dejaba esculpida su forma de gota hasta que un nuevo riachuelo de magma rojo revivía la escultura dormida desde el interior con su calor.

La alquimia proseguía en la cocina, hubiese ya "luz" o no. Allí ese elemento natural, violento y hogareño, el fuego, nos llamaba a hermanarnos con él, a usarlo, a vivirlo y a acariciarlo. Nos poníamos a hacer más velas con los restos de la anterior y añadiendo la cera meticulosamente recogida durante tiempo y, mientras se enfriaban, mamà cuinava. Hay escenas tan sagradas que sólo se pueden decir en la lengua íntima que, como una cinta de raso, las rodeaba.

Así era como mi madre se convertía en bruja, capaz de transformar unos pocos ingredientes sin sustancia en un dulce aromático. A su lado la ayudaba a batir los huevos o a añadir, poco a poco, el azúcar mientras ella removía el chocolate y me decía: "Theobroma, el alimento de los dioses" y me sonreía.

Aprendí a esperar el tiempo que hiciese falta para que el pastel estuviese, después de haber impregnado con su olor cálido, dulce y pacífico toda la casa al hornearlo.
Me fue duro entender que hay cosas que no están buenas calientes y que deben enfriarse para que nos sienten bien. Pero todo aquello decía cómo había que hacer las cosas en la vida: con paciencia, dulzura y esmero.

Aún hoy, cuando vivimos en una ciudad y la "luz" no se "va" nunca, seguimos el ritual: cuando hay tormenta, paramos el tiempo y lo saboreamos.


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Curioso, por tanto, que la lluvia me recuerde al fuego.

Hoy los rayos sacuden el suelo y rompen el aire con violencia y estruendo.
Tengo miedo a los rayos, su luz atraviesa rápida y conrtante el cielo y mi piel se estremece esperando la reprimenda de su eco.
Intento esconderme de su ira bajo las sábanas pero, incluso en mi refugio, me encuentra. No soy nada frente a la Naturaleza. Me levanto, pues, y le presento mis respetos tras el cristal, lleno de gotas que caen, de la ventana: el único remedio contra los rayos es mostrarles humildad.